Empezó con algo tan sencillo como tener una cuenta de correo. Ahora, con el auge de la creación de contenido por parte de los usuarios, es normal que la gente tenga un blog, una cuenta en Twitter, en Flickr, en Youtube, en Tumblr, o incluso que se dé de alta en una o varias redes sociales a la vez. Con el tiempo, y por razones de economía de esfuerzos, no será raro que cada persona tenga el mismo nombre de usuario para todas estas aplicaciones. Si incluso iniciativas como OpenID tienen esa finalidad, y ya hay estados, como Corea del Sur, que han empezado a implementar medidas para la creación de un “carné de indentidad para Internet”.
En otras palabras, ese montón de letras, palabras e imágenes que vamos dejando por ahí cada vez están más asociadas a un ente creado por nosotros y que, a diferencia de nuestro Yo de la vida real, actúa sólo en la web. Es lo que podríamos llamar un “Yo virtual”.
Muchos podrían llegar a considerar que la vida de su “Yo virtual” es, objetivamente hablando, más interesante y enriquecedora que aquella que lleva su “Yo real”, obligado a ir todos los días a un trabajo que detesta y a rodearse de personas que, por un motivo u otro, sencillamente no comparten sus mismos intereses. Con el tiempo, y a medida que el entramado de la Red permita acceder a cada vez más recovecos de información/esparcimiento, pongamos que esta tendencia va en aumento. De ser así, prácticamente no hay límites para nuestro “Yo virtual”. Bueno, mentira, sí hay uno, el más obvio.
Todavía necesitamos un cuerpo que introduzca la información. Es decir, todavía dependemos del “Yo real”.
¿Y qué pasaría si nuestro “Yo real” un día dejase de existir? ¿Qué ocurriría con todos esos posts ya escritos, esa bandeja de entrada que seguiría recibiendo correos, ese perfil de una red social que continúa estando expuesto?
Aquí en Alemania hubo un caso, hace un par de años, de una chica que desapareció sin dejar rastro tras una fiesta en su universidad. Meses después de su desaparición, la gente continuaba dejándole mensajes de afecto en su perfil de StudiVZ (la red social de Internet más popular de Alemania), hasta que la propia compañía decidió retirar su perfil.
Podría ser ese el primer caso (al menos que yo conozca) de un “funeral virtual”. El día que uno de nosotros ya no esté, ¿se encargará alguien de andar sobre nuestros pasos a través de la red y hacer que ese “username” desaparezca para siempre o, por el contrario, permanecerá como un fantasma al que otros verán, pero que en realidad no escucha?